2010: año del Bicentenario

El Consenso de Washington prometía sanar la crisis de la deuda externa que afectó a países latinoamericanos durante la década del 80. Así, comenzamos los 90 instrumentando sus recetas: desregulación del mercado, apertura económica, flexibilización laboral, privatizaciones, reducción del rol del Estado. Los 90 tenían su corolario en el Acuerdo de Libre Comercio entre las Américas (ALCA), el cual, por fortuna, quedó en 2005, sino anulado, al menos olvidado. Las privatizaciones y los 90 fueron un escenario propicio para muchos países europeos, entre los cuales debemos destacar la presencia de España de la cual partieron numerosos capitales que desembarcaron, en particular, en bancos y servicios telefónicos latinoamericanos. Esta vez, a diferencia de hace más de 500 años, partieron habiendo estipulo sobre el oro que podían llevar a su país.

Pero la relación entre España y los países latinoamericanos tiene otra inflexión. Entre la era de la conquista y los dorados 90, debemos considerar el movimiento cultural hispanista o hispanoamericanista que tuvo lugar en el Siglo XIX. Tras la independencia de la mayoría de los países de América Latina y el Caribe, España busca estrechar nuevos lazos basándose en la cultura y fundamentalmente en la lengua común, con el fin de crear una conciencia comunitaria en la que el país peninsular ocuparía un lugar central, sería la madre patria y nosotros seríamos sus hijos, ni privilegiados ni desdeñados, sino niños cuya madre le ha dado el ser, entiéndase, la cultura. Una pretendida unidad cultural que incluso España no pudo sostener internamente debido a los reclamos vascos, catalanes y gallegos. Pero este movimiento si bien tuvo algunos adeptos, logró más enemigos, ya que por ese entonces en nuestra América se reclamaba completar la independencia política con la cultural . El Siglo XIX culmina con la pérdida de España de las últimas colonias –en 1898- en manos de los norteamericanos.

Apenas esbozados los 90 y el hispanismo, veamos un poco más acá. Observaremos que los capitales españoles han aumentado, sobre todo en tres ámbitos: la industria cultural, las telecomunicaciones, y los bancos. Pero ya no se ve tanto a España como la conquistadora, ni como la que quería forjar una dependencia cultural, más bien la vemos como nuestra hermana, ilusión que nos permite pensarla como destino posible, aunque ella nos halague con promesas y después vote en la UE y en su propio país leyes antiinmigratorias rechazadas por todos los presidentes de los países latinoamericanos.

Sobre la nueva cara de España configurada a partir de buenas intenciones, pienso, es que uno puede tragar la sinvergüenza de pretender formar parte de las celebraciones de los Bicentenarios latinoamericanos. Si uno revisa desde el comienzo, la historia nos muestra que no fue un encuentro como se dice en los discursos. Ni tampoco fue, por separado un descubrimiento y una conquista, sino que fue un todo, descubrimiento y conquista sostenido con la sangre de la espada y la imposición de la cultura y la lengua que ni si quiera en su país era la única. En la cronología del Grupo Bicentenario, creado e impulsado por España, aparece como fecha clave de este país la invasión napoleónica en 1808 y la Constitución de Cádiz en 1812, primero anulada y luego aprobada por Fernando VII. ¿Cómo podemos aceptar que España festeje su independencia de las tropas napoleónicas igualándola a las nuestras cuando la invasión fue un hecho fundamental que permitió abrir el período emancipatorio? ¿Cómo podemos aceptar la jura de la Constitución de Fernando VII en 1820, cuando la había anulado en 1814, un año antes de mandar la ofensiva militar más grande que desembarcó en este continente con el fin de reconquistar Venezuela que había declarado la independencia en 1811, ofensiva que termina con el exilio de Bolívar en Jamaica?

¿Cómo podemos aceptar los hermosos discursos halagadores de la cultura común, si el único interés que ha tenido y tiene es mercantil? O acaso la conquista tierra adentro no fue producto de la búsqueda de minas y de indígenas que extrajeran los metales preciosos. O acaso la importación de esclavos negros no se debió a la abrupta caída demográfica indígena a causa del trabajo forzado en las minas y las enfermedades que los propios europeos civilizados trajeron. Cómo podemos aceptar estas palabras del propio presidente de España, Rodríguez Zapatero, como si fuese lo mismo, una empresa que un inmigrante:

En los últimos años, los profundos vínculos lingüísticos, sociales y políticos existentes entre España y Portugal y los países Latinoamericanos, sobre los que se construyeron inicialmente las cumbres, se han visto reforzados decisivamente como resultado del espectacular flujo de inversiones españolas y portuguesas y de la creciente llegada de ciudadanos latinoamericanos a los países de la península ibérica” (Pág. VII)

Quizá deberíamos prestar más atención a estas otras, firmadas por los presidentes de Unión Sudamericana de Naciones (UNASUR), y consecuentemente, celebrar nosotros nuestros bicentenarios:

3- (Declaramos) Exhortar a un diálogo constructivo que debe incorporar el análisis de las causas profundas de la migración provocadas por las asimetrías y la inequidad en las relaciones económicas internacionales. (VIII Conferencia Sudamericana sobre Migraciones, Montevideo, Uruguay, 17 al 19 de Septiembre de 2008)

Por supuesto, también deberíamos observar que quienes dirigen la política española y las empresas, no son hijos de los inmigrantes que llegaron aquí. Además, ver quiénes en nuestro continente son cómplices de la mirada mercantil, y quienes, nacidos en nuestro propio suelo explotan a sus conciudadanos, y quienes aquí mismo no se preocupan por reflexionar sobre nuestras culturas.

Esteban Echeverría escribió en el Dogma Socialista en 1846: “El gran pensamiento de la revolución no se ha realizado. Somos independientes, pero no libres. Los brazos de España no nos oprimen; pero sus tradiciones nos abruman” pág. 216.

Por Andrés Buisán